lunes, 29 de febrero de 2016

La flecha en el sortilegio: “Hombres sin mujeres,” de Haruki Murakami


“El talento se parece al tirador que da en un blanco que los demás no pueden alcanzar; el genio se parece al tirador que da en un blanco que los demás no pueden ver.Arthur Schopenhauer

Hay tradiciones milenarias que -por más máscaras que sostengan- siempre terminan sorprendiéndonos cuando al fin descubrimos los rasgos de su rostro laberíntico, multiforme, y vertiginoso que generaciones y generaciones han ido enriqueciendo y transformado con el paso de los siglos. Los apresurados y acaso desinformados lectores de mi tierra pensarán (accediendo quizá a los sopores abotagados de sus escarmentadas rutinas) que el Japón, ese remotísimo y extraordinario archipiélago oriental de 6,852 islas fantásticas, es incapaz de albergar un prodigio más. De algún modo hemos aprendido a identificar a esa cultura con un extraño y teratológico maridaje que sin piedad comprime geishas, sintoísmo, kamikazes, maremotos, y una desesperada y peculiar afición por la innovación tecnológica. Quizá se piense, descabelladamente, que el Japón está exento de que se le añada otro ramalazo de rareza sin pudor: el de su literatura, pródiga en imágenes y alucinaciones. Es unánime y convencional nuestro desconcierto al tratar de entablar un diálogo parejo con los escritores de esos mares pacíficos y septentrionales. A nivel mundial tanto el neófito como el especialista concuerdan en un juicio inexacto y nebuloso con respecto a la cultura y literatura japonesa. Tanto la cultura como su literatura están entre las más fascinantes y menos conocidas del mundo.
Es curioso observar que aún en un mundo desprovisto de los antiguos embalajes que aislaban la experiencia humana (para ponerla únicamente a disposición de la plutocracia nacional) nuestra concepción del alma nipona prosigue maniatada al sushi, al manga, a las virtudes de la rígida obediencia, y a esa ordenada marcha hacia la total deshumanización del individuo como presa de la tecnologización en una sociedad con arraigos en la tradición y en lo porvenir. A ésta paupérrima lente, que proviene de las limitadas fuentes y referencias del privilegio criollo de nuestros países, en círculos más democráticos y avanzados, se le conoce como “el efecto quimono,” o “japonismo.”[1] En claro queda que el tono parroquial y chovinista de esas percepciones es verdaderamente anacrónico. Como ejemplo (y para desbaratar dichas limitaciones intelectuales) basta señalar que la isla de Honshū, de la cual Tokio es parte, es la mayor área metropolitana del mundo donde residen más de 30 millones de personas en un área geográfica de 225,800 kilómetros cuadrados. Dicho de otro modo y en nuestra vernácula audacia: la sola población de esa isla nipona supera la población total de El Salvador por casi 5 veces (4.96), si consideramos que en el año 2014 se estimaba que la población total de El Salvador rondaba los 6.383.752 habitantes, residentes todos en un área geográfica de 221,000 kilómetros cuadrados.  










Es desde esa exotizada y defenestrada comarca cultural del planeta (y de nuestra pobrísima  información sobre ella) que llega hasta nosotros la obra fresca, pulsante y enjundiosa de Haruki Murakami. Una obra fértil en los registros que da de su milenaria tradición, y concebida por un bicho raro entre los hommes de lettres de todas las regiones del mundo moderno por ser uno de los escritores best-seller que más desacierto y polémicas ha causado no sólo en su país de origen, sino en los centros de intelligentsia y en las editoriales del occidente también.
El fenómeno Murakami –como se le conoce en la industria editorial contemporánea- se inicia en el año 1979, con la escritura de su primera novela “Escucha al viento cantar.” Según la ficha mitoanecdótica[2] del libro, el elegido contaba en ese entonces con 29 años de edad, y según él antes de aquello “nunca había escrito nada. Era una persona ordinaria. Administraba un club de jazz y no había creado un bledo.”[3]
Como todos los eventos transcendentales en la autobiografía de cada escritor, el momento del desdoble profundo ocurre en la cotidianeidad, mientras veía un juego de béisbol en el Estadio Jíngu, en el barrio de Shínjuku, en Tokio. Cuenta que cuando salió a batear Dave Hilton, un avezado bateador estadounidense, éste marcó un doble jonrón y ese fue el preciso instante en que el kami de la escritura (un dios o un espíritu antiguo de la naturaleza) lo despedazó en dos haciéndolo regresar a casa transfigurado, marcándolo con la agónica idea de escribir su primera novela. El resto de la historia es harto conocida o de fácil acceso a través del internet. Ha creado un culto que aplasta las intenciones de cualquier maníaco de sopesar al objeto de su obsesión dado el alto volumen de entradas en referencia a Murakami y a sus trece novelas, sus seis colecciones de cuentos, sus ocho libros de ensayos y sus incontables artículos, traducciones, documentales, entrevistas, etc.   





  
En ésta nota nos daremos a discutir la más reciente traducción de una de sus colecciones de cuentos: “Hombres sin mujeres.” En mis manos tengo la versión de TusQuets editores, que pertenece a la respetable “colección andanzas,” publicada es tapas rústicas en México en marzo de 2015. No nos queda claro si su traductor, Gabriel Álvarez Martínez, ha vertido los relatos del japonés al castellano o si la traducción nos llega por vías del inglés. Sin reparar demasiado en el vehículo lingüístico por el cual llega hasta nosotros, podemos afirmar que los relatos y su traducción son de calidad, y la edición es elegante.
El manejo de las ambientaciones y los inicios del relato en cada entrega es verdaderamente afiligranado y lleno de posibilidades. Ninguno de los cuentos empieza con insinuaciones sobre lo que se aviene. Más bien la mayoría de los relatos comienzan con una verdadera puesta en escena, o con un meditado paneo que nos pone a la par del personaje de inmediato, sin saberse hacia donde se dirige el asunto. Es un estilo que establece un umbral, o mejor dicho, una serie de umbrales que resplandecen. Al pasar nosotros por ese juego de umbrales que crepitan se nos tuercen sistemáticamente los aros de la realidad a dos, a tres pasos del principio, y su autor logra zanjar en las expectativas del lector un contraste que magistralmente impregna un sello de plenitud y sustento en la experiencia del lector. Quienes se desviven por hallar hedonismo en la lectura no tienen que esforzarse mucho en esta galería de situaciones y personajes que en cada línea ponen de manifiesto la versátil, constante e ingeniosa vida interior de Murakami, muy a la manera de Kafka, uno de sus héroes y manías predilectas.  
Como el título de la colección lo indica, la presencia arrolladora y enigmática de féminas sui generis (y las exaltaciones o los estragos que causan ya sea estando al centro de la trama o en funciones periféricas) es lo que marca el ritmo del argumento en cada uno de estos cuentos. El único relato que falla de cabo a rabo en su cometido es el que se intitula “Samsa enamorado.” Cualquier narrador temerario que se enfrasque en la tarea de continuar los trazos vivientes del mejor Kafka debería repensar la estratagema y tensar mejor el recurso. Murakami no lleva a su feliz término la proyección temática puesta en marcha –prodigiosamente y desde el fondo de la desolación- por la superna pluma y destrezas de Kafka. Quizá inspirado por otros ejemplos, como el de Stevenson (The New Arabian Nights) o por “El fin” de Jorge Luis Borges, Murakami se animó a hacer el intento. Lamentablemente Samsa enamorado desafina y abre un vacío en la secuencia de los relatos de la colección, acomodándose en una esquina para ser nada más que un altar, un abigarrado homenaje al ícono. Al no profundizar en la raíz del personaje vemos que a medio camino el relato se desmorona, dejándonos en el paladar el sabor que nos dejaría un copo de nieve cuando lo que había era hambre y no sed.  
Lo que sí queda claramente establecido es que aun cuando falla, el hombre y el espíritu detrás de estos relatos están conscientes de lo que es saber crear mundos, o recrearlos en algunos casos para darles algún sentido. Existen en éste escritor prolífico un acervo, un dominio de temas occidentales y un diestro engarce con los de su propia tradición. El fino mestizaje que se logra y que surte de la pluma de Murakami es precisamente lo que muchos de sus detractores le achacan y le desprecian. Consecuentemente quienes lo estudian y lo veneran lo hacen enfocándose en ese doble linaje con que impregna a cada una de sus obras. Es importante señalar que en toda la obra de Murakami hay siempre un dejo, un amago, un sentimiento original que nos intriga. Posee además una sensibilidad netamente urbana. Brillan por su ausencia el esnobismo o la pedantería típica de los eruditos. La mirada intimista, el whiskey, el jazz, y el paisaje urbano de Tokio son los motivos recurrentes en estos relatos. Es evidente que el hombre dialoga con  obsesiones profundas y que por dentro lleva una enorme carga emocional que le permiten, al sentarse ante la página vacía, transfigurarse en lo suyo. En una nota que data de 2013, Gerardo Lima (colaborador de la revista digital Letrarte) acotaba:

Murakami (Kioto, 1949) ha sido vilipendiado por lectores, conocedores, legos, y demás fauna. Muchas veces, sin argumentos bien sustentados. El autor tampoco es la gran maravilla que revolucionará la literatura universal. Sin embargo, queda el cosquilleo de saber si ocupará un escalafón en la historia de la literatura japonesa. Atrás ha quedado Kawabata, Mishima, Dazai Osamu, y hasta Oé. Las letras niponas ya no exhiben las viejas y tardadas ceremonias del té, ni hay geishas pululando alrededor. Aunque, a la generación de Murakami, tampoco les hace falta. El sentimiento de desasosiego, de extrañeza, de extranjerismo, queda ahí, flotando. A pesar de que Banana Yoshimoto, Abe o Murakami mismo coloquen un vaso con whisky en la mano de un personaje en lugar de una vasija con sake, eso no hace a este menos japonés ni hace que la situación sea menos estética o trascendente (dado el caso).[4]
           
El párrafo anterior es parte de una reseña que Gerardo Lima le hiciera al largo ensayo escrito por Carlos Rubio, el crítico y académico español que dedicó un libro entero al descubrimiento, estudio y comprensión de las claves literarias y culturales escondidas en la narrativa de Murakami. De lo expuesto en esa obra de Rubio, Lima sustrae las aclaraciones para los siguientes conceptos:   

“Omote Nihon” y “ura Nihon” son las dos expresiones utilizadas para describir las dos grandes vertientes socioculturales que yacen en Japón. Para el lector de Murakami, la primera será fácilmente reconocible, ya que es el Japón de afuera, el que da su cara al exterior, del que todo mundo sabe. Celulares, tecnología de punta, animé, comida exquisita, grandes edificios, trenes abarrotados de gente, inclinaciones respetuosas, sake, sushi, etc. La otra, el “ura Nihon”, o Japón del interior, se refiere más a esa parte “escondida” para el simple turista, para el gaijin que no se atreve a pisar otras ciudades y, especialmente, los pequeños pueblos de Japón. No todo lo que brilla es oro, y no todo Japón son rascacielos y luces de neón.

De la colección entera, el relato que mejor resume ese esquivo concepto de ura Nihon llega a nosotros en la página 175 del volumen. Es el cuento intitulado “Kino.” Es la quintaesencia del universo murakamiano porque ese es el relato donde convergen y se hibridan hasta las encillas todas las criaturas que son la ménagerie[5] que tanto caracteriza a esa atrevida aventura literaria del sujeto Murakami. Por ejemplo, el lector concentrado observará que hay al menos cinco presencias femeninas en el cuento. Y sin atragantar el hilo del relato, funcionan a las mil maravillas. A ver si resumimos.
Kino (el álter ego de Murakami) es un hombre común y corriente “serio y parco en palabras.” El principio del cuento nos muestra a un hombre que se maneja a tumbos, desubicado por la vida, sin propósitos y quizá hasta desmerecido. El magistral paneo de Murakami nos pone junto a él justo cuando está tratando de re-edificarse al centro de su ser después de una trágica experiencia amorosa. El pasado inmediato antes del bar donde ahora nos lo encontramos queda definido en unos simples trazos. Trabajaba en una empresa donde se confeccionaban y vendían zapatillas deportivas exclusivas y personalizadas, en un mar de empresas donde todo era impersonal y salado. Viajaba mucho en función de su trabajo y esto le gustaba. Estaba casado con una mujer hermosa a la que dejaba sola demasiado tiempo. Un día regresa antes de lo previsto a casa y encuentra a su bella esposa desnuda, gozosa, rezumando sexo y sensualidad mientras en cuclillas arroja todo su frenesí sobre el falo traicionero de uno de sus compañeros de trabajo en “la empresa mediana con sede en Okayama que no vendía tanto como Mizuno o Asics.”
Ante la fatal y bochornosa escena Kino sólo siente vergüenza ajena, se tapa los ojos, y sale corriendo de la habitación llevándose consigo sólo las prendas que lleva puestas y su maletín de viaje. Nunca más vuelve a casa, se divorcia de su mujer, venden los bienes mancomunados, y con su parte termina dueño de un bar donde van a recalar “su humilde colección de discos... un tocadiscos de marca Thorens y un amplificador Luxman.” Hay una tía –una de esas tías intrigantes y hermosas de las que Mamá siempre ha sospechado- hay una gata gris de espeso pelaje, hay un sauce centenario, una atmósfera de café transformado en bar, whiskey, jazz, polvos imaginados y reales, otra mujer que entra y sale de escena (“no te mezcles con esa chica… si lo que necesitas es acostarte con alguien, acude a una profesional. Sólo has de pagar.”) Por supuesto se intuye que habrá un final apoteósico saturado de situaciones, sensaciones y criaturas con talantes y ecos mitológicos.

“Con los ojos fuertemente cerrados, Kino sintió el calor de su piel… Era algo que había olvidado hacía mucho tiempo. Algo de lo que había estado separado largo tiempo…”
  
Una de las artes marciales más antiguamente practicadas y menos conocidas del Japón es el denominado “Zen de pie,” o Kyūdō, que consiste en lanzar flechas al blanco con un enorme arco de madera o bambú rústico (el yumi) a una distancia de 28 metros que median entre el arquero y su objetivo. El tema central de dicho arte marcial es cultivar el desarrollo moral y espiritual de sus practicantes a través de la concentración de cada fibra del ser en la tarea. Cargar el impulso de cada lanzamiento con buenas intenciones, intenciones que se canalizan a través de la energía impoluta que transita por nuestro cuerpo, es elemental. Despejar la mente para contemplar conceptos como los de “flecha viva,” y “flecha muerta,” es por supuesto, fundamental. A la hora de enfocarse en la ceremonia de preparar el arco y de lanzar las flechas el sensei, o maestro, sabe identificar si el arquero ha empuñado y lanzado cada una de sus flechas con o sin inocencia, con o sin perversidad, con o sin energía poluta. Hay un registro de energía que dimana y se desprende del arquero y que da fe del espíritu con el que la flecha ha arribado a su destino. Basándose en ese registro de energía que queda suspendido en el aire después del disparo, el maestro decide si seguirá instruyendo al pupilo –o no- para que siga avanzando en los niveles de perfeccionamiento en la ejecución de su arte.
Aprovechando esa analogía cultural diré que para mí, yo tengo que de las siete flechas que Haruki Murakami nos lanza en esta entrega de “Hombres sin mujeres” seis son, sin lugar a duda, flechas vivas, magistralmente acertadas. Sólo Samsa enamorado se quiebra y se disfuma irreparablemente… antes de que el arquero acomode y afiance bien esa flecha en el arco de sus mitos y sus sueños.   


 © Ario E. Salazar, enero-febrero de 2016.   














[1] Escribe Carlos Rubio en la introducción de su libro “El Japón de Murakami” (Aguilar editores, España, 2012): “No cabe la menor duda de que la internalización de nuestra sociedad [española, entiéndase] y, en concreto, la familiaridad de las nuevas generaciones con productos japoneses como las historias gráficas del manga, del anime, o de los videojuegos han contribuido felizmente a la superación del efecto quimono, el cual, hace sólo cincuenta años, representaba una barrera para el aprecio de un autor japonés fuera de su país.”
[2] Neologismo. Híbrido entre “mito” y “anecdótico,” es decir, aquellos recuentos de esos instantes míticos y mágicos en el nacimiento de cada escritor, suscitados en un entrecruce especial y onírico que parte aguas existencialmente hablando. Siempre referencian hechos reales que luego, en la idealización de la memoria, son retocados y transformados en experiencias místicas y trascendentales en pos de enriquecer la autobiografía del escritor y la génesis de la primera sentencia en la primera obra creada… es el dato, la transmutación en la toma de conciencia situado en un entrecruce específico en las vías del tiempo de la vida de un creador. N. del A.
[3] Entrevista con John Wesley Harding. Invierno de 1994. Revista BOMB.
[4] Gerardo Lima. Reseñas: “El Japón de Murakami,” de Carlos Rubio. Letrarte, 18 de noviembre de 2013. http://letrarte.gob.mx/2013/11/el-japon-de-murakami-de-carlos-rubio/

[5] Galicismo. “Una colección de bestias o animales extranjeros, fantásticos o silvestres reunidos por alguien en un sólo sitio con la única intención de ser exhibidos.” 

viernes, 15 de enero de 2016



Alegato contra el frío: La parábola de los grillos contra la muerte

“…los grillos hacen ruidos siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto.” Juan Rulfo, del cuento “Macario.”


           

En los años subsiguientes a los Acuerdos de Paz empezó a circular con más frecuencia entre nosotros –tanto dentro del país como en el exterior- una frase decididamente luctuosa: deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño.” La frase es de nuestro poeta cervantino y universal: Roque Dalton y bien hubiera podido ser el epígrafe que encabezara el Informe de la Comisión de la Verdad “De la locura a la esperanza.”[1] Todos los motivos y la energía esperanzadora de un pueblo (y el humor negro que sostiene las patas de alambre de ésta triste frase) cobra aún más fuerza hoy que una vez más nos encontramos en uno de los momentos más trágicos, sórdidos, y paralizantes en nuestra marcha. Marcha me digo, ¿hacia dónde? ¿hacia qué? Vamos sin rumbo, a tumbos por los vaivenes de lo geopolítico –al estilo de los Buendía en Cien años de soledad. Lo nuestro es una suerte de uroboros pandémico de la violencia ilímite, y el diario azote que nos aqueja es mucho peor que la peste negra que asoló Europa en el medioevo, porque lo nuestro no lo causa la Yersinia pestis, sino que tiene amplia y profunda raíz en la cabeza y en el corazón, en el verdugazo impune y perpetuo que ha sido “el aire que respiramos, la familia en que nos curtimos y nos odiamos.”[2]

El histórico menosprecio hacia los sueños y aspiraciones del ciudadano común y el odio de clase que ha caracterizado a nuestra plutocracia y oligarquía porcinas han sido también –primeramente y por sobre todas las cosas- los síntomas del odio y la repugnancia hacia sí mismos, y por ende, hacia la vida y la auto-realización de los demás. Para acabar de amolar: el facineroso y abusivo abolengo de esa clase dominante destruyó el paraíso[3] y las bases que sentaron con ello dio a luz este engendro histórico que parece un infierno sin fin. El triste y amargo cociente intelectual, espiritual y cultural que nos han legado es una luenga noche oscura del alma nacional donde las únicas monedas de cambio han sido hasta ahora el escarnio, la desigualdad, la miseria generalizada por un lado y por el otro lado una opulencia desquiciante, ramplona; la misoginia, la corrupción, el abuso del poder, la impunidad, la intolerancia, y el cotidiano machismo exacerbado que inevitablemente deviene en fratricidio. Generaciones y generaciones de salvadoreños se han llenado de rabia hasta las encillas porque a través de sus travesías cotejamos y vemos que siempre ha habido un abismo infranqueable entre los que tienen todo hasta el asco y la repugnancia, y entre aquellos que cuando buscan sustento astillan la cal de las paredes, o directamente muerden la tierra seca de los viejos adobes. No exagero. Estas injusticias y ese nivel de ignominia son todavía reales en nuestro país, en pleno siglo XXI.





Los de afuera, los expulsados de nuestro terruño, a veces esquivamos la mirada porque siempre que echamos un vistazo al progreso de la democracia, la equidad, y la justicia en nuestro país lo que contemplamos es un paisaje yermo y apocalíptico. Una alta densidad poblacional marcada por la irresponsabilidad paternal, limitadas oportunidades para la educación laboral o superior, limitadas fuentes de empleo, cementerios clandestinos en plenos “tiempos de paz,” guerras intestinas entre la juventud desorientada y organizada para el homicidio, la extorsión y el fratricidio; una democracia postiza, en pañales, incipiente en el fortalecimiento de muchas de sus instituciones (espuria en otros aspectos), una clase dominante dividida[4] en “izquierda” y “derecha,” y por ende, una polarización irreductible con la trasnochada prédica del "enemigo en la otra acera.” ¿Es realmente sorpresa que ante dicho panorama familiar y nacional, o que, enquistados en ese medio tóxico y altamente electrizado, nuestros jóvenes de tugurio opten por los caminos del odio, el crimen y la violencia?

En una noticia que pone de manifiesto nuestra funesta realidad nacional y la hipocresía de la administración Obama, el periódico digital “El Faro” reporta:

“En 2015, según datos de la Policía, El Salvador tuvo 6,657 homicidios. Eso representa una tasa de 102.9 asesinatos por cada 100,000 habitantes. O sea, uno de cada 972 salvadoreños fue asesinado. Eso convierte al pequeño país en el más mortal de los países que no enfrentan una guerra.”

Más adelante, y dicho de otro modo:

“Durante el año pasado, en promedio 18 salvadoreños fueron asesinados cada día. Durante los primeros 10 días de 2016, el promedio diario es de 25.3. Si la tendencia se mantiene, El Salvador camina hacia el inicio de año más violento del siglo.” [5]

La aludida nota daba cuentas de las razones por las que los voluntarios estadounidenses destacados en nuestro país (a través del Cuerpo de Paz) tomaron la decisión de marcharse, bajo órdenes de su gobierno. El apresurado lector se preguntará: ¿Por qué es hipócrita la administración Obama? Porque al mismo tiempo que cita las factores de riesgo para la seguridad de los ciudadanos estadounidenses [“de buen corazón,” entiéndase] incrementa las redadas y las deportaciones de nuestros compatriotas –algunos con toda una vida de arraigo ya en el exterior- para lanzarlos con total humillación y menosprecio precisamente a las condiciones que resultan incómodas para los constituyentes estadounidenses, miembros de tan loable institución.[6]





Así nos ven nuestros fidedignos detractores y todos aquellos que desean mantenernos en ese exótico atraso cultural que tanto les gusta deconstruir. Así nos vemos a nosotros mismos en esos momentos difíciles de debilidad espiritual, de entumecimiento, de calambres en el alma, o cuando estamos al borde del abismo, tratando de borrar alguna escena de corrupción, impunidad, injusticia; cuando el egoísmo acecha y la maldad sanguinaria es palpable, como en los peores momentos de la guerra.

Es por eso que por este medio –y en nombre del Colectivo Ala de Colibrí- quiero acotar un genuino agradecimiento a todos aquellos amigos y amigas lejanos de Centro América y El Salvador que a pesar de las vicisitudes de la vida, y a despecho de las tóxicas hostilidades de un ambiente espiritual e intelectual cerradísimo, hacen siempre de tripas corazón y dan siempre muestras de sí mismos yendo en pos de la Estrella Mayor de la existencia y el porvenir.

Es un acto verdaderamente encomiable, dadas las condiciones de la realidad global en que se vive. Porque lo real, lo factual es que estamos todos sumergidos en una crisis de alcance global. Basta dar un sondeo a vuelo de pájaro por la sección internacional de cualquier periódico o rotativo impreso o en línea. Ante estas murallas amortajadoras ser prejuicioso o propositivo es una opción empecinada, que no un destino. Por eso agradezco que los músicos, los poetas, los pintores, los actores, los artistas gráficos, los escultores, los promotores culturales de buena cepa, y los místicos pensadores de mi país siempre den a beber de la generosidad de sus espíritus, y llenen de gozo genuino mis jornadas con sus ingenios y sus enfoques a través de los medios y vehículos a su disposición. Esa es la resistencia, sí, la obstinada y estulta resistencia llevada a su máximo término a veces con un teléfono celular agonizante o destartalado, con un pincel viejo y remendado, con una guitarra, un lápiz, o un cuaderno de chocolatina, pero todo el conjunto con la potencia de una flecha maravillosa lanzada al centro mismo de la oscuridad que nos acecha.






Las polémicas de blog, las facebookianas o de internet están siempre a la orden del día. Es interesante observar que a parte de ese haz de luz al que he aludido, contadas son las veces que encontramos contribuciones, comentarios verdaderamente pulidos o enriquecedores. Si nos descuidamos, desde afuera lo que se ve es una perpetua espondilitis anquilosante, una aplastante y paralizadora tendencia hacia lo sentencioso, plagando todos los medios de comunicación y de enlace con posiciones o criterios díscolos y abigarrados que crean un falso sentido de debate y de la realidad mundial y nacional. Desfilan a diario predicados hostiles que en realidad sólo son reacciones viscerales y fragmentarias (sin una verdadera formación teórica o científica; sin reflexiones serias sobre el asunto que se aborda). Quienes profieren tales aseveraciones nos señalan el curso maníaco y depresivo, altamente subjetivo de la burbuja, que como tal, razón tiene de sentirse frustrada en el pánico de su cerco. Desde esa inflexión poco interés se demuestra en el aprendizaje que requiere el ser una comunidad positiva, solidaria, efervescente por estos medios… y con lo tanto que puede dar esta herramienta intergeneracional hacia la construcción de un foro profundamente humanista y edificador. Cada uno de nosotros podría marcar la diferencia, pero por conveniencia, necedad o llana haraganería, a veces no lo hacemos.

Y es que es fácil hacer del terreno virtual un asidero de ripio y de bazofia moral e intelectual. Imagino que algo de placer debe causar esa crueldad refinada. Tornar el terreno en un campo, en un bosque fértil de cooperación y generosidad intelectual y espiritual: ésa es la gran tarea. Eso sería ganarle la partida a la frialdad del mundo, al rampante desapego que sufrimos en materia de valores y principios. Eso equivaldría a ganarle la partida al plano inclinado que puede ser la naturaleza muerta de la tecnología.

Reitero mis mejores deseos para el año recién comenzado y reitero mi agradecimiento por el gozo, la alegría de lo nimio, por la luz que recibo. Reitero también mi compromiso por continuar unido a esa quijotesca empresa desde este humilde medio, centrado en la convicción real y racional que el mejor sustrato de nuestro terruño son siempre las obras de nuestro pensamiento. Gracias compañeros y compañeras por esa noble dosis de ponderación y de empeño que ponen de manifiesto cada vez que se inclinan con la conciencia en llamas a marcar letras en el teclado. El testimonio visible de sus esfuerzos, el compartir esa energía coagulada en la obra de arte es nutriente y es riqueza para toda la humanidad. Cada gota de luz es una derrota al egoísmo y a la oscurana, y demuestra una vez más que los seres humanos y los pueblos verdaderamente libres viven marcados por una pasión por la solidaridad, la amistad, la cooperación y el amor al proceso creativo con su eventual devenir en un bosque feral y complejo de poderosas obras de arte.

Por eso sigo haciendo ruido –del buen ruido- resistiendo a través del acto creativo. En claro tengo que si claudicamos a todos nos lleva la tiznada…

A.E.S. a 15 de enero de 2016. Transmitiendo desde el Santa Helena.  








[1] “La expresión es muy acertada en sus dos partes, porque la locura es la enfermedad que se apoderó de la oligarquía y de sus servidores militares a través de sesenta años, que comenzaron con un delirio tremendo en enero de 1932, cuando el dictador Hernández Martínez no se limitó a sofocar un levantamiento obrero-campesino (más campesino que obrero) sino que fusiló a más de treinta mil ciudadanos y dio un decreto de "muerte a todo varón mayor de dieciocho años" de los departamentos de Ahuachapán, Sonsonate y parte de La Libertad.” Editorial Universitaria, Universidad de El Salvador, San Salvador, Mayo de 1993.

[2] Paráfrasis negativa de nuestra “Oración a la bandera,” uno de los símbolos patrios de El Salvador.

[3] Ver el largo ensayo de David Browning, “El Salvador: La tierra y el hombre.” Adjunto aquí un análisis de la obra: http://www.repo.funde.org/586/2/DTR-82-2.pdf

[4] Hoy se habla de “clase política de izquierda” y de “clase política de derecha,” como si la conveniente división del privilegio y sus mieses fuera buena noticia para el resto de la población.

[5] Los Cuerpos de Paz estadounidenses se van de un El Salvador que parece estar en guerra. 12 de enero de 2016.

lunes, 26 de enero de 2015

Recital poético colibrícense






Apoyados en una frase del maestro hondureño Roberto Sosa (18 de abril, 1930 – 23 de mayo de 2011, Yoro, Honduras), los poetas del Colectivo de Arte “Ala de Colibrí” organizan esta cita en la ciudad de Chalchuapa, donde viven plantando la tentativa feliz de inaugurar una fiesta donde la palabra, que es vida, se enarbolará contra cualquier conato  o miedo de muerte. “La voz del poeta necesita no simplemente ser el recuerdo del hombre, debe ser uno de los pilares esenciales que lo ayuden a resistir y a prevalecer.” ha dicho con certeza Faulker. Y desde el otro lado del Atlántico responde con vigor el maestro Quasimodo: "El poeta no teme a la muerte."



Este jueves únase a la flotilla de locos empedernidos de Chalchuapa que verso a verso quieren devolverle a la antiquísima ciudad su carácter ancestral, su magia, su sortilegio, su poesía…

domingo, 11 de enero de 2015

Analizando tragedias...

“Just because one condemns their brutal murders doesn’t mean one must condone their ideology.” (El hecho de que uno condene sus brutales asesinatos no significa que uno deba avalar su ideología) Teju Cole, The New Yorker, The Unmornable Bodies.

“A pesar de sus innovaciones, su colección de sentencias lo emparentaba con el estilo de la magia de la gran época.” José Lezama Lima, El juego de las decapitaciones.


Por iconoclasta[1], sardónica, crasa, blasfema, insolente o indefendible que parezca la obra de un artista, es asaz condenable el crimen de su mordaza, encarcelamiento, o el de su asesinato a causa de ella. Más aún cuando esto se da en el seno de una nación libre, orgullosamente atea, o laica. Cierto es que la línea editorial de la revista parisina Charlie Hebdo es indefendible y cuestionable para muchos temperamentos, más ello no es razón para volverla anatema y despedazarle los sesos a sus trabajadores. Sus caricaturistas no merecían la muerte despiadada que terminaron recibiendo el pasado 7 de enero de este año. A todas luces queda claro que perdemos todos cuando la discordia entre un conjunto de comunidades al seno de un país libre y soberano deviene en homicidio e inmolación. El respeto, la protección y preservación de cualquier forma de vida deberá ser por siempre nuestra estrella mayor. Lo demás es bisutería. Por eso, aunque no comparta sus ideas y planteamientos estéticos, me solidarizo con las víctimas de esta tragedia.




Es menester también señalar que es inaudito y reprochable que -tras imponer demandas exigiendo respeto “formal” e “informalmente”- un artista (o un grupo de artistas) no ceda ante dichas peticiones y que en vez de parar, mejor se ensañe contra toda una comunidad étnico-religiosa defenestrando a corta-cabeza todos sus símbolos, sin ponderar el doble filo que desarrolla esa constante de sorna y provocación teledirigida  a todos los miembros de ese grupo en el mundo; hicieron constar una clara relación de privilegio y de poder. Es consabido que sí existe una “enciclopédica” libre expresión muy sana, necesaria, y justa… distinta a la muy pedante bravuconería verbal y legal que permite robarle la dignidad al vecino, o deshumanizar impunemente a un adversario cultural, religioso, político, literario, etc. hasta desquiciarlo. Es tergiversado y perverso aprovecharse de un sistema para extraer de él ventajas opresoras, opulencia económica o cultural (y poder), escudándose tras el sacrosanto estado de derecho alcanzado con el sacrificio de muchos otros en una nación. El humanista inglés William Hazlitt una vez escribió: “El amor hacia los demás es el amor a la libertad. El amor de uno mismo es el amor al poder.” 

El poder o el privilegio desquiciante, por ser onerosos, radicalizan a sus rehenes genuflexos, o en su defecto crea condiciones donde empiezan a justificarse la concepción de acciones extremas y brutales entre los genuflexos que ya se encontraban “radicalizados.” A muchos les cuesta no sucumbir a estos malos designios del privilegio y del poder. (Ghandi y sus seguidores a diario necesitamos de mucha fortaleza interior para ir siempre de la mano de la paz. Es duro permanecer centrados y fuertes en su cotidiana meditación.) 

Cuando  a un adversario se le convierte en presa pública de una perpetua denigración, burla, irrespeto, deshumanización, marginalización, y arrodillamiento en cualquier ámbito de su existencia, el hasta entonces adversario (ahora desquiciado) cambia de vía, y su furia se vuelve fanática. La explosión de ese embotellamiento del odio recibido a lo largo del tiempo, torna –por ley simple de la olla de presión- al “otro,” al “ente abusivo, burlón y provocador,” en enemigo. Se barajan entonces otras  intenciones, y el “ofendido” tiene únicamente tres opciones: ignorar las provocaciones, buscar amparo legal, o subir al siguiente peldaño en el esquema del conflicto.






Hay un giro y un cambio radical si se elige subir a ese siguiente peldaño. La prédica de adversarios cambia a ser la prédica de los enemigos. Es gravísimo el cambio de tono. Los polos se ennegrecen y cargan de malvadas energías a la humanidad que los profesa. Las palabras que antes eran banderas se vuelven relámpagos y truenos. Suenan los tambores de guerra. Por ejemplo: con un adversario se sostienen profundas diferencias ideológicas, y hasta perpetuamente polémico puede ser el debate con él o con ellos, más el diálogo entre las partes es lo que los humaniza a todos, y la armonía no es un fin, sino un proceso, una partida de ajedrez interminable. Todos están de acuerdo sobre las reglas del juego, y se sabe dónde están los límites de la partida que se juega. Un enemigo, en cambio, es facineroso y tiene actitud de trinchera. No escatima, y muy dispuesto está a jugarse la vida en aras de arrebatarle la vida a sus enemigos, porque quien vive en ese dial no dispone de uno, ni de dos, sino de varios enemigos. Jesucristo fue claro en su concepción del enemigo. Una vez dijo: “más miedo hay que tenerle al que por encima de matarte el cuerpo, es capaz de asesinarte el espíritu.” En esta tragedia entre fanáticos de Oriente y Occidente, unos fueron y mataron el cuerpo físico de sus enemigos (aquellos fanáticos de lo “todo es permisible” bajo la ley de la libre expresión… “porque estoy en mi hacienda y éste es mi derecho.” Su mensaje era: ¿No les gusta lo que hago animales? ¡Váyanse de mi hacienda!”). Claire Berlinski publica el 8 de enero, en la revista Time, el siguiente reporte:

En 2012, en una entrevista con Le Monde se le preguntó  a Stéphane Charbonnier, director de Charlie Hebdo, si se sentía inclinado a bajarle al tono de las tendencias inflamatorias de dicha publicación.

"Puede sonar pomposo", respondió, "pero prefiero            morir de pie que vivir de rodillas".

He ahí uno de los paladines de la libre expresión, asociado a un grupo de personas percibidas como provocadores y provocadoras que sistemáticamente buscaban asesinarle el carácter y el espíritu a aquellos que veían -en los groseros dibujos del Profeta- el derecho no sólo ya de amonestarlos en los tribunales, sino de castigar con saña y crudeza a aquellos “otros,” irreverentes, blasfemos, engendros del mal. Los irreverentes enemigos de la fe habían de escarmentar. Ya la muerte -para todos- estaba echada.

Se apiló un copioso reporte – hecho público en cada carátula del susodicho semanario- donde desfilaban todas las trasgresiones habidas y por haber. Haciendo juicio sumario, se dan los justicieros de la fe a escribir la sentencia de muerte, y se ejecuta el primer acto en éste macabro juego de las decapitaciones. Al asesinar a los obstinados y vulgares caricaturistas, los rabiosos creyentes de la fe del profeta creen haber decapitado la libertad de libre expresión, el máximo ícono tan caro al Occidente. Las imágenes del asalto a las oficinas del semanario y el despiadado homicidio de sus trabajadores es lo único que el mundo occidental ve antes de cualquier raciocinio. El atentado es verdaderamente injustificable. En realidad en el proceso de desquitarse los “santos” justicieros se deshumanizan por completo y mancillan una vez más su fe milenaria, su sistema de credos, y la legitimidad de cualquiera de sus extraños propósitos. Se les viene encima el sistema y la policía, el mundo occidental más implacablemente, las réplicas formales de los “estados libres” de la tierra no se hacen esperar, y creando símbolos y mártires, concluyen el ciclo de venganza. La consigna “Yo soy Charlie” es rápidamente elaborada y esparcida a todos los rincones de la tierra para repudiarlos.  





El violento asesinato de los caricaturistas abre un cisma en la discusión de lo estético, pero no en lo fundamental: si los unos se pasaron de límites, los otros se recontra-repasaron en su respuesta. Estamos ante el segundo acto en el juego de las decapitaciones. Los férreos guardianes del sistema dan muerte a los rabiosos y ahora desesperados fanáticos sin titubeos. El drama llega a su nota más alta. Sangre franco-musulmana acrecenta la tristeza en nuestras conciencias. Una vez más ha ganado la justicia occidental. ¿Ha ganado realmente la justicia? En el juego de las decapitaciones se cierra el tumultuoso ciclo de los actos, por el momento, y se abre el pasmoso ciclo de las reflexiones. Hay campos y bandos. El suelo intelectual está minado de contrariadas emociones. Más de 1,500 millones de musulmanes en el mundo son mal vistos una vez más a raíz de estos hechos. Es hemisférica la divergencia y los rangos de interpretación de lo que en Francia ha sucedido. Muchos de los espectadores hemos sentido lo gélido del instante. La tragedia nos ha dejado golpeados, inmóviles. Todo ha sucedido como en un ciclón. Pasamos de la perplejidad al análisis, y del análisis a la conversación. Hacemos más por preguntar que por responder. A vuelo de pájaro todo esto está mano por hombro. La verdad es que en éste escenario a un tiempo real y metafísico, se ve muy mal todo, de cabo a rabo. Al hablarnos, al preguntar, al contradecirnos vamos coleccionando datos y pistas. Solo así llegaremos a la metódica deconstrucción de esta fatídica puesta en escena y a su acertada comprensión. Hay campos y bandos moviéndose sobre la escena del crimen. “Todos somos culpables,[2]nos recuerda Camus. Somos todos los llamados a descifrar el díscolo símbolo de los hechos, pero pocos somos los independientes de cabeza y de corazón. Nos aventajan en número los viscerales fijados en una sola imagen: la de la evidente brutalidad de los asesinos.




Así el entramado de los brutales sucesos –reales sucesos- enmarcados en una trama discorde que pareciera sacada de la sórdida novelística del siglo XX. Algunos dan por quedarse (en la última imagen antes de pasar a la siguiente página en el libro de la cotidianeidad) con el rictus del poder, hoy por hoy todavía golillero, levantando la indomeñable bandera de la Liberté sin cuestionar su forma de ser, su moral y sus impulsos. Este no es el momento de hacerse el examen de la política doméstica ni exterior. No. Heridos, le declaran la guerra a un viejo fantasma que entra y sale cíclicamente del continente europeo: el terrorismo. Hay resaca en lo político. “Igualito que los hombres,” ha dicho Johan Huizinga, “los animales juegan también.[3]Sobrecogidos y aferrados a su descuidado estado de derecho, igual el ciudadano a pie y el líder se niegan a leer los consejos y el aviso de su paisano Paul Valéry, quien hacia 1945 escribió:

« Liberté: c'est un de ces détestables mots qui ont plus de valeur que de sens ; qui chantent plus qu’ils ne parlent ; qui demandent plus qu’ils ne répondent ; de ces mots qui ont fait tous les métiers, et desquels la mémoire est barbouillée de Théologie, de Métaphysique, de Morale et de Politique ; mots très bons pour la controverse, la dialectique, l’éloquence ; aussi propres aux analyses illusoires et aux subtilités infinies qu’aux fins de phrases qui déchaînent le tonnerre. »[4]

De éste lado del Atlántico otros nos damos en recordar que el viejo y noble Azorín decía, casi en estilo de mantra de cara a la catástrofe de su pueblo: “donde uno entiende, dos no riñen.” Proverbio que nos invita a forjar con nuestra inteligencia en marcha la cultura del diálogo apasionado, siempre apasionado, pero respetuoso. También acá imperan el abuso, la corrupción, la deshumanización, la marginalización, la intolerancia, las burlas y las jugarretas de nuestras jóvenes y débiles democracias. Asumimos por eso que la acción más valerosa y contundente contra el juego de las decapitaciones es exigirnos a nosotros mismos el mantener vivo el diálogo, y reivindicar la humana capacidad de engarzar entenderes, por disparatadas e incongruentes que parezcan nuestras filosofías o nuestras expresiones ideológicas. Tenemos más de un siglo de observar con dolor la intolerancia y el fratricidio, y seguimos viendo la sangre caer cerca y lejos de nosotros. Comprometidos a cambiar el mundo en que vivimos estamos por ello, aprendiendo de todas las tragedias del mundo de hoy para que mañana nuestros hijos, y los hijos de sus hijos, no las repitan. En eso estriban nuestra fuerza moral, nuestra fe y nuestras esperanzas. Nous sommes profondément désolé pour votre perte.  


Ario E. Salazar. Santa Helena, a 11 de enero de 2015.  













[1] Tanto el libro sagrado por excelencia para los musulmanes, el Korán, y su amanuense, El Profeta (“el perfecto modelo” el “más puro ejemplo” del ser humano) son la expresión más alta de las características, atributos y virtudes del Islam, de acuerdo a Malek Chebel. Les symbols de L’islam, Editions Assouline, Paris, 1997.

[2] París es una farsa real, un hermoso entorno habitado por cuatro millones de siluetas. ¿Casi cinco millones en el último recuento? Bueno, ellos han hecho poco. No me sorprendería. Parece siempre que nuestros ciudadanos tenían dos furias: las ideas y la fornicación. Una salvajada, por así decirlo. Vamos, por otra parte, que los condenen; ellos no son los únicos así en el conjunto de Europa. A veces sueño con lo que de nosotros dirán los futuros historiadores. Una sentencia será suficiente para describir al hombre moderno entre ellos: fornicó y leyó sus periódicos. Después de esta alta definición, el tema será, me atrevería a decir, agotado.” Albert Camus, La Chute, Éditions Gallimar, Paris, 1956.  

[3] Homo Ludens, Un estudio sobre el elemento del juego en la cultura.” Routledge & Kegan Paul Ltd., Londres, 1949.

[4] Libertad: es una de esas palabras detestables que tienen más valor que sentido; que cantan más de lo que hablan; que exigen más de lo que cumplen; una de esas palabras que hizo todos los oficios, y donde la memoria se unta de Teología, de Metafísica de la Moral y la Política; muy buena palabra para la polémica, la dialéctica, la elocuencia; [una palabra] casi limpia de análisis y cargada de infinitas e ilusorias sutilezas cuyo propósito en la frase es sólo que desate truenos.” Paul Valéry, Regards sur le monde actuel, Éditions Gallimar, Paris, 1945.